Nuestros padres eran personas antes de ser padres

A mother and daughter at a family table, reflecting on the lives parents had before parenthood.

Sobre crecer, comprender a nuestros padres y aprender a ver a las
personas detrás de sus roles.

Cuando era chica, pasaba mucho tiempo esperando que mi mamá volviera
a casa.

Iba a la escuela, jugaba, me entretenía y hacía todas las cosas que
hacen los niños. Pero en algún lugar de mi mente, siempre estaba
esperándola.

Quería contarle cómo había sido mi día. Quería su atención. Quería
estar con ella.

Y a veces, cuando finalmente llegaba a casa, estaba cansada.

No quería ruido. A veces estaba de mal humor. A veces sus respuestas
eran más cortas de lo que yo esperaba, o simplemente no tenía la energía
que yo quería que tuviera.

De chica, yo no entendía eso.

Había pasado todo el día esperándola. ¿Por qué ella no estaba tan
entusiasmada de verme como yo de verla a ella?

A veces me preguntaba si estaba molesta conmigo.

Lo que no entendía era que mi mamá había vivido un día entero
antes de atravesar la puerta de nuestra casa.

Y yo no sabía casi nada de ese día.

No sabía cómo la trataban en el trabajo. No sabía qué le preocupaba
económicamente, qué estaba pasando en sus relaciones, qué problemas
había en la familia ni cómo podía estar sintiéndose emocionalmente.

Yo solo sabía que era mi mamá.

Y, de alguna manera, en mi pequeño mundo, eso debía ser
suficiente.

Las
personas que esperamos que sean nuestros padres

Durante las últimas semanas, estuve escuchando conversaciones sobre
relaciones complicadas entre padres y sus hijos adultos.

Madres e hijas que ya no se hablan. Padres e hijos que cargan años de
resentimiento. Familias que dejaron de comunicarse por completo. Adultos
que todavía recuerdan, con un nivel de detalle sorprendente, lo que sus
padres dijeron, hicieron o no hicieron cuando ellos eran niños.

Algunas de estas historias incluyen un dolor muy serio. Otras, años
de malentendidos, decepciones o expectativas que nunca se
cumplieron.

Y me hicieron pensar en algo.

¿Cuándo olvidamos que nuestros padres son seres
humanos?

No solamente madres y padres.

Seres humanos.

Personas con inseguridades, problemas económicos, relaciones
difíciles, malos hábitos, luchas emocionales, cansancio, ambiciones y
sueños que quizás no tenían nada que ver con criar hijos.

Personas que a veces no sabían qué estaban haciendo.

Igual que nosotros.

Tengo casi 35 años. No tengo hijos y, a veces, apenas puedo manejar
todo lo que pasa en mi propia vida.

Hay días en los que el trabajo resulta abrumador. Días en los que
alguien me trata mal y me cuesta no perder la paciencia. Días en los que
me preocupa el dinero, estoy agotada, decepcionada o simplemente no
tengo ganas de hablar con nadie.

A veces ni siquiera entiendo mis propias reacciones.

Y solo soy responsable de mí misma.

Ahora imaginá vivir todo eso mientras criás a otro ser humano.

O a varios.

Mientras intentás sostener una relación. O lidiar con la ausencia de
una.

Mientras pagás cuentas, trabajás, manejás problemas familiares e
intentás seguir emocionalmente disponible para un niño que no tiene idea
de lo que atravesaste ese día.

Convertirte en madre o padre no significa que hayas terminado
de convertirte en persona.

Y, sin embargo, a veces esperamos exactamente eso.

Mamá, ¿cómo lo hiciste?

Creo que mi perspectiva empezó a cambiar cuando me mudé a
Irlanda.

De repente, estaba atravesando situaciones que siempre habían
existido en el mundo adulto, pero que nunca había comprendido del
todo.

Jefes difíciles. Tratos injustos. Presión económica. Agotamiento.
Relaciones complicadas. La responsabilidad constante de tener que
resolver las cosas.

Recuerdo haberle contado a mi mamá sobre una discusión con un
jefe.

Estaba furiosa.

¿Quién se creía que era? ¿Por qué me hablaba de esa manera? ¿Por qué
tenía que tolerar que alguien me tratara así?

Y mi mamá me escuchaba y decía algo como:

«Te entiendo, mi amor. A mí también me pasó».

Y, de repente, yo tenía preguntas.

¿Qué te pasó? ¿Qué hiciste? ¿Cómo lograste no perder la
paciencia?

¿La gente te trataba así cuando trabajabas en el café?

¿Y esa relación que tuviste? ¿Cómo soportabas estar con alguien que
ni siquiera se esforzaba por invitarte a salir?

Empecé a hacer preguntas que nunca antes se me había ocurrido
hacer.

Y comencé a darme cuenta de cuánto de la vida de mi mamá nunca había
visto.

Durante todos esos años, había vivido al lado de una mujer cuyas
experiencias, preocupaciones y mundo emocional apenas comprendía.

No porque ella no los tuviera.

Sino porque yo nunca había mirado realmente.

Cuando era más joven, pensaba que, como era una buena hija, estudiaba
mucho y no causaba problemas, mi mamá no debía tener demasiadas
preocupaciones.

Como si ser una buena hija pudiera proteger a una madre de todo lo
demás que la vida podía arrojarle.

Recuerdo sacar notas excelentes y esperar una celebración.

¿Dónde estaba el entusiasmo? ¿Dónde estaba la fiesta que yo
merecía?

Quería que estuviera tan emocionada como yo.

Y quizás estaba orgullosa. Quizás estaba feliz. Pero quizás también
estaba cansada, preocupada, distraída o lidiando con algo de lo que yo
no sabía nada.

Yo medía sus reacciones según mis expectativas, sin considerar lo que
ella podía estar cargando.

Sabía lo que yo necesitaba de ella.

Rara vez me preguntaba qué necesitaba ella.

Los recuerdos que
llevamos a la adultez

Hay algo más en lo que estuve pensando.

Muchos de nosotros cargamos recuerdos de la infancia o la
adolescencia que todavía definen la manera en que vemos a nuestros
padres.

Recordamos las discusiones. Las decepciones. Los momentos en los que
nos sentimos ignorados, incomprendidos o lastimados.

Y esos sentimientos fueron reales.

Un niño que ve discutir a sus padres no necesariamente comprende las
complejidades de un matrimonio. Un adolescente que ve a uno de sus
padres maltratar al otro puede llevar esa imagen consigo durante
años.

Y algunas cosas están genuinamente mal, sin importar las
circunstancias.

Pero, como adultos, empezamos a entender lo complicada que puede ser
la vida.

Descubrimos que las relaciones no siempre son lo que parecen desde
afuera.

Que un trabajo que parece maravilloso puede hacer miserable a una
persona.

Que la gente lucha con su carácter, sus hábitos, sus adicciones, sus
miedos y sus limitaciones emocionales.

Que incluso cuando sabemos qué sería lo correcto, no siempre logramos
hacerlo.

Y me pregunto si crecer nos ofrece la oportunidad de revisar algunos
de nuestros recuerdos desde una perspectiva más amplia.

No para negar lo que ocurrió.

No para decirnos que algo doloroso fue aceptable.

Sino para reconocer que el niño que vivió esos momentos no podía
comprender todo lo que el adulto quizás comprende hoy.

El recuerdo puede pertenecer a nuestra infancia. Pero no
tenemos que examinarlo únicamente con los ojos del niño que
fuimos.

A veces, entender más cambia lo que sentimos.

A veces, no.

Ambas cosas son posibles.

Comprender no es lo
mismo que justificar

Quiero dejar algo en claro.

No creo que todas las relaciones entre padres e hijos tengan que
repararse.

Algunas personas vivieron negligencia, abuso, abandono o daño
repetido. Algunas tomaron la difícil decisión de alejarse de sus
familias, y quizás esa distancia sea necesaria.

Entender que nuestros padres son humanos no significa justificar
conductas dañinas.

Estar desbordado no vuelve aceptable la crueldad. Haber tenido una
infancia difícil no elimina la responsabilidad de tratar a los demás con
cuidado.

Y el perdón, cuando sucede, es personal. No puede exigirse.

Pero sí creo que comprender puede ofrecer, a veces, otro tipo de
libertad.

La libertad de dejar de esperar que alguien hubiera sido una persona
que nunca supo cómo ser.

La libertad de reconocer que nuestros padres tenían limitaciones sin
convertir esas limitaciones en toda la historia de nuestras vidas.

La libertad de decidir qué tipo de relación queremos hoy, ya sea
volver a acercarnos, mantener la distancia o simplemente hacer las paces
con aquello que no podemos cambiar.

Y quizás, para quienes son padres, la oportunidad de reconocer qué
patrones quieren conservar y cuáles quieren cambiar.

Porque comprender a nuestros padres no requiere abandonarnos a
nosotros mismos.

Puede ser parte de entendernos mejor.

Ellos también estaban
aprendiendo

Vivimos en una época en la que la información sobre psicología,
trauma, inteligencia emocional, relaciones y crianza es más accesible
que nunca.

Podemos leer libros, escuchar podcasts, ir a terapia y aprender sobre
patrones que generaciones anteriores quizás nunca tuvieron las palabras
para describir.

Y aun así, nos cuesta.

Repetimos comportamientos que prometimos cambiar.

Perdemos la paciencia.

Tomamos decisiones de las que después nos arrepentimos.

Sabemos qué deberíamos hacer y, a veces, de todos modos no logramos
hacerlo.

Por eso me pregunto cuánto más difíciles deben haber sido algunas
cosas para personas que tenían menos recursos, menos conversaciones y
quizás muy poco apoyo emocional.

De nuevo, eso no significa que todo lo que hicieron estuviera
bien.

Significa que eran personas intentando atravesar la vida con la
comprensión y las herramientas que tenían en ese momento.

Y la maternidad o la paternidad no les dio mágicamente todas las
respuestas.

Mientras nosotros aprendíamos a ser hijos, ellos aprendían a ser
padres.

Ninguno de nosotros lo había hecho antes.

Ver a mi mamá de otra manera

Hoy, cuando pienso en mi mamá, siento una enorme gratitud.

No porque haya sido perfecta.

Sino porque ahora puedo reconocer cosas que no veía cuando era más
joven.

Pienso en cuánto trabajó. En cuánta responsabilidad cargó. En cuántos
días difíciles debe haber atravesado sin que yo lo supiera.

Pienso en la mujer que volvía agotada a casa, donde la esperaba una
nena que había pasado todo el día deseando que regresara.

Y ahora las veo a las dos de una manera diferente.

Todavía veo a esa nena que quería más atención, más entusiasmo, más
tiempo.

Pero también veo a la mujer que había trabajado todo el día y hacía
lo posible por seguir adelante.

Y siento mucha más compasión por las dos.

Crecer me dio algo que no tenía cuando era chica: perspectiva.

Ahora puedo preguntarle a mi mamá por su vida. Puedo escuchar sus
historias, entender sus frustraciones, reírme de cosas por las que antes
discutíamos y reconocer el esfuerzo detrás de momentos que solía dar por
sentados.

Puedo valorarla no solamente por lo que hizo por mí, sino por quien
es.

Una mujer con su propia historia.

Sus propios sueños.

Sus propias batallas.

Su propia vida.

Y quizás ese sea uno de los regalos inesperados de convertirse en
adulto.

Darnos cuenta de que las personas que nos criaron nunca fueron
superhéroes.

Eran seres humanos.

Y algunos de ellos hacían cosas extraordinarias mientras simplemente
intentaban atravesar un día común.

Pasé mi infancia esperando que mi mamá volviera a casa.

Necesité convertirme en adulta para preguntarme de qué estaba
volviendo.

Y hoy, más que nada, agradezco seguir teniendo la oportunidad de
preguntárselo.

Feliz Día de la Madre, mamá.

Y a todas las madres que alguna vez volvieron agotadas a casa,
cargando un mundo que sus hijos todavía no podían comprender.

A little more from Mar Stones.

Thoughts on life, relationships, starting over, and everything we’re still figuring out.

No noise. Just a little something worth reading.

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