Durante años pensé que crecer significaba aprender a bajar un cambio. Ahora me pregunto si, en realidad, se trataba de aprender que ya no tenía que hacerlo.
Aparentemente, tengo una cantidad ridícula de Escorpio en mi carta natal.
Sol. Luna. Ascendente. Marte. Plutón.
A esta altura, hasta yo tengo preguntas.
Y tanto si creés en la astrología como si pensás que todo esto es una especie de fan fiction celestial, hay una palabra que aparece una y otra vez cuando leo sobre estas posiciones:
Intensidad.
Intensidad en las emociones.
Intensidad en las relaciones.
Intensidad en el deseo.
Intensidad en la curiosidad.
Intensidad en básicamente todo.
Y cada vez que lo leo, pienso:
Bueno.
Sí, puede ser.
Porque soy intensa desde que tengo memoria.
Siempre quise demasiado fuerte
Cuando era chiquita, le preguntaba a mi mamá casi todos los días si me quería.
“¿Me querés?”
“Sí, claro que te quiero.”
“¿Pero cuánto?”
Y aparentemente su respuesta nunca era suficiente, porque después venía la investigación complementaria.
¿Por qué no me das un beso?
¿Por qué no me abrazás más?
¿Cuánto me querés?
Yo quería pruebas.
Preferentemente físicas.
Mi tata tampoco era particularmente demostrativo con el afecto físico.
Para su desgracia, yo sí.
Le agarraba la cabeza pelada y se la llenaba de besos.
Beso, beso, beso, beso, beso.
Lo abrazaba mientras él básicamente se quedaba ahí sentado, sin saber qué hacer con esa personita que lo atacaba a puro cariño.
Esa era yo.
Bailaba.
Cantaba.
Hacía ruido.
Inventaba cosas.
Y después necesitaba que todo el mundo viera lo que había inventado.
Una vez, cuando era muy chiquita, fui al río y junté las piedras más hermosas que pude encontrar.
Para mí, eran tesoros.
Así que, naturalmente, decidí venderlas.
Mi tío me ayudó a hacer una bandejita de madera que colgaba de mis hombros con una piola. Acomodé mis hermosas piedras del río y salí por el barrio intentando venderlas.
Mirándolo ahora, amo a esa nena.
Encontró unas piedras.
Le parecieron extraordinarias.
Y enseguida decidió que el barrio necesitaba tener acceso a ellas.
No había moderación.
Si algo era hermoso, era hermoso.
Si te quería, quería darte veinte besos.
Si tenía una idea, la íbamos a hacer.
No intentaba ser intensa.
Simplemente estaba completamente metida en lo que estaba viviendo.
Después aprendí a hacerme más chiquita
Pero había otra parte de mi infancia.
Era la única hija de una mamá soltera que trabajaba muchísimo.
Y eso significaba que, a veces, otras personas tenían que cuidarme.
A veces me quedaba con familiares.
A veces alguien más me cuidaba.
A veces mi mamá tenía que llevarme a trabajar con ella.
Y muy temprano entendí algo.
Esta no es mi casa.
No hagas tanto ruido.
No traigas problemas.
No compliques las cosas.
Quedate calladita.
Portate bien.
Porque esas personas estaban ayudando a mi mamá.
Y yo sabía que mi mamá necesitaba esa ayuda.
Así que me adapté.
No recuerdo que nadie me haya sentado y me haya dicho: Sos demasiado. Tenés que ser menos.
Era más sutil.
Aprendí a leer el ambiente.
Aprendí que había lugares donde podía ser completamente yo y lugares donde era más seguro bajar el volumen.
Y me volví muy buena haciéndolo.
Quizás nos pasa a muchos.
Aprendemos qué versión de nosotros mismos les resulta más fácil de aceptar a los demás.
No necesariamente porque alguien sea cruel.
A veces somos simplemente chicos intentando pertenecer a entornos que no creamos.
Pero si practicás hacerte más chiquita durante suficiente tiempo, podés terminar olvidándote de que alguna vez fuiste ruidosa.
Lamentablemente, la intensidad sobrevivió
La mía, sin duda.
Simplemente encontró otros lugares adonde ir.
Cuando algo me gusta, no me gusta así nomás.
Lo investigo.
Si descubro un actor que me encanta, de repente necesito ver todas las películas que hizo.
Después quiero saber dónde nació.
Cómo empezó a actuar.
Cómo fue creciendo.
Qué pasó antes de que se hiciera famoso.
Qué pasó después.
¿Cómo llegó hasta ahí?
¿Cómo?
Esa es la pregunta.
Me puede pasar con las películas.
La psicología.
La astrología.
El Pilates.
El ejercicio.
Los libros.
Un color.
Durante un tiempo, aparentemente, el rosa.
Paso por épocas en las que leo, leo y leo.
Épocas en las que lo único que quiero hacer es ejercicio.
Épocas en las que decido no tomar alcohol y simplemente no tomo.
Cuando algo me atrapa, puedo desaparecer dentro de eso con la concentración de un chico que juega mientras el mundo entero sigue girando a su alrededor.
Me encanta esa sensación.
Me encanta que algo me absorba.
Me encanta querer saber más.
Me encanta tener objetivos.
Me encanta alcanzarlos y enseguida sentir curiosidad por lo que viene después.
Y sí, a veces mi cabeza es un quilombo absoluto por todo eso.
Pero no lo cambiaría.
No entiendo muy bien cómo vive la gente sin eso
Quizás suene ridículo, pero a veces de verdad me cuesta entender a las personas que no son intensas.
¿Cómo viven?
Lo pregunto en serio.
Quiero que una salida se convierta en una salida.
Quizás tengamos una conversación inesperadamente profunda.
Quizás terminemos bailando en algún lugar ridículo.
Quizás me bese apasionadamente con alguien.
Quizás nos quedemos afuera hasta que amanezca.
Quizás absolutamente nada salga según lo planeado.
Pero pasó algo.
Lo vivimos.
Y así suelo experimentar todo.
Cuando estoy triste, estoy triste.
Cuando estoy feliz, estoy ridículamente feliz.
Cuando algo me interesa, quiero saberlo todo.
Cuando quiero, quiero.
Cuando algo termina, probablemente también sienta ese final.
Y después, en algún momento, empieza otra cosa.
Hay algo en ese movimiento que me resulta fascinante.
Quizás por eso nunca quise una vida perfectamente plana.
Quiero vivirla.
Crecer no me hizo menos intensa
Pero sí me enseñó algunas cosas.
Cuando sos joven, la intensidad puede desbordarse por todos lados.
Mostrás todo.
Das todo.
Cada emoción parece urgente.
Cada conexión puede parecer importante.
Cada fascinación merece toda tu atención.
Crecer me hizo más selectiva.
No necesito que todo el mundo sepa todo lo que siento.
No necesito exponer cada parte de mí simplemente porque está ahí.
Aprendí que la privacidad no es lo mismo que la represión.
Aprendí que los límites no hacen que una emoción sea menos real.
Aprendí que puedo sentir algo enormemente sin necesitar hacer algo al respecto de inmediato.
Esa probablemente sea la diferencia más grande.
No me volví menos intensa. Me hice más responsable de mi intensidad.
Y creo que ese trato me conviene mucho más.
Ya no quiero bajar el volumen
Hay algo más que la adultez me dio y que la infancia no podía darme.
La posibilidad de elegir.
Cuando era chiquita, a veces necesitaba a otras personas.
Necesitaba que alguien me cuidara.
Necesitaba que alguien me dejara quedarme en su casa.
Necesitaba que los adultos me hicieran un lugar porque mi mamá tenía que trabajar.
No complicar las cosas tenía sentido.
Estar calladita, a veces, tenía sentido.
No juzgo a esa nena por haber aprendido a adaptarse.
Era inteligente.
Entendía la situación.
Pero ya no soy ella.
No necesito hacerme más chiquita para que alguien quiera tenerme cerca.
No quiero reducir mi entusiasmo porque a alguien le dé vergüenza que me entusiasme.
No quiero fingir que algo me importa menos de lo que me importa porque sentir profundamente pueda dejarme expuesta.
No quiero amar a medias solo para garantizar que no me lastimen.
Y, quizás lo más importante, no necesito que todo el mundo se encuentre conmigo exactamente en el mismo nivel.
Durante mucho tiempo, creo que la intensidad y la reciprocidad se me mezclaron.
Si yo doy tanto, ¿vos vas a dar tanto?
Si yo quiero así, ¿vos vas a querer así?
Si yo me entusiasmo con vos, ¿vos te entusiasmás igual conmigo?
Estoy empezando a ver esas cosas de otra manera.
Mi capacidad de sentir me pertenece.
Mi capacidad de amar me pertenece.
Mi honestidad me pertenece.
Mi entusiasmo me pertenece.
No necesito convertirlos en una transacción.
Por supuesto que las relaciones necesitan reciprocidad para sobrevivir.
Pero no necesito la reacción de otra persona para validar el hecho de que yo realmente sentí algo.
Puedo dar porque quería dar.
Amar porque amé.
Ser honesta porque así quiero vivir.
Y aun así reconocer cuando algo no es para mí.
Esa es una libertad que antes no tenía.
Quizás la intensidad nunca fue el problema
Por eso se me quedó dando vueltas esa imagen medio tonta de Escorpio.
No porque de repente haya descubierto mi personalidad a través de la astrología.
Todo esto ya lo sabía.
La astrología simplemente me puso enfrente una palabra que hizo que mirara algo de otra manera.
Intensidad.
Durante años, la intensidad sonó como algo que había que controlar.
Demasiado emocional.
Demasiado entusiasmada.
Demasiado involucrada.
Demasiado ruidosa.
Demasiado curiosa.
Demasiado.
¿Ahora?
Me encanta ser intensa.
Me encanta que algo pueda fascinarme.
Me encanta poder reinventar partes de mi vida porque de repente descubrí una manera mejor de hacerlas.
Me encanta que las personas puedan conmoverme.
Las ideas.
Los lugares.
La música.
Una conversación.
Una colección medio absurda de piedras que alguna vez me parecieron lo suficientemente hermosas como para venderlas de puerta en puerta.
Todavía hay muchas cosas que quiero y que no tengo.
Hay logros que todavía no alcancé.
Hay partes de mi vida que sigo construyendo.
Pero, en algún momento del camino, pasó algo mucho más importante.
Empezó a gustarme de verdad la persona que va a vivir esa vida.
Quizás por eso ya no quiero ser menos intensa.
No creo que crecer tuviera que bajar el volumen.
Quizás tenía que enseñarme cuándo subirlo, cuándo protegerlo, cuándo irme y, sobre todo, que no necesito permiso para ocupar el espacio que alguna vez aprendí a ceder.
Quizás nunca fui demasiado.
Quizás simplemente estaba aprendiendo qué hacer con todo lo que soy.
¿Qué parte de vos aprendiste a hacer más chiquita antes de tener la edad suficiente para decidir si realmente necesitaba cambiar?


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