Quizás no me gustaban las matemáticas porque se me daban bien. Quizás me gustaba saber que siempre había una respuesta.
Anoche estaba hablando con una amiga sobre matemáticas.
Me dijo que nunca le habían gustado. Los números siempre le habían costado, y yo enseguida dije:
“A mí me encantan los números. Los números nunca te fallan. Siempre son exactos. Si tenés que confiar en alguien, confiá en los números.”
Lo dije medio en broma.
Pero entonces me hizo una pregunta muy simple.
¿Por qué te gustaban tanto los números cuando eras chiquita?
Y me quedé pensando.
Creo que nunca me lo había preguntado de verdad.
Quizás no amaba las matemáticas. Quizás amaba la certeza.
Era muy chiquita cuando empecé a fascinarme con los números.
Y cuando digo chiquita, digo realmente chiquita.
Antes de cumplir cuatro años tenía una de esas tablitas con cuentas que podías mover de un lado al otro para contar. Podía pasarme un buen rato haciendo cuentas, moviendo las bolitas, sumando, restando.
Me encantaba.
Por esa misma época, mi mamá a veces trabajaba de tres de la tarde a once de la noche.
No había celulares.
Así que, por las noches, yo esperaba.
Sabía a qué hora terminaba de trabajar. Y de alguna manera, incluso siendo tan chiquita, también sabía más o menos cuánto debería tardar en llegar a casa.
Las once.
Las once y diez.
Las once y cuarto.
Si pasaba suficiente tiempo y todavía no había llegado, empezaba a ponerme nerviosa.
¿Dónde estaba?
¿Por qué estaba tardando más?
¿Le había pasado algo?
Era una nena. No podía llamarla. No podía mirar su ubicación. No podía hacer nada más que esperar y mirar el reloj.
A esa edad también vivía en la casa de mi tata. Era una casa con muchísimo amor, pero había momentos que podían ser impredecibles.
Mi tata era una de las personas que más amaba en el mundo. Pero el alcohol a veces también formaba parte de nuestra casa y, siendo tan chiquita, no siempre sabía cómo iba a ser la noche.
Un día cualquiera podía cambiar de golpe.
Podía estar en la cocina dibujando o jugando y, de repente, el ambiente cambiaba.
La gente reaccionaba.
Podía haber discusiones.
Y creo que, en algún lugar de esa cabecita, entendí muy temprano que incluso en una casa llena de amor las cosas podían cambiar sin aviso.
Pero los números no.
Dos más dos eran cuatro.
Ayer eran cuatro.
Mañana iban a ser cuatro.
No importaba quién estuviera enojado.
No importaba quién llegara tarde a casa.
No importaba qué clase de día estuvieras teniendo.
Podías hacer la cuenta diez mil veces y siempre te iba a dar la misma respuesta.
Quizás por eso me gustaban tanto los números.
Eran predecibles.
Y lo predecible se sentía seguro.
Después descubrí los problemas
A medida que fui creciendo, las matemáticas se pusieron más interesantes.
Después llegaron la física y la química.
Y, con el tiempo, algo que me encantaba: esos problemas largos donde te planteaban una situación, pero no te decían exactamente cómo resolverla.
Tenías que encontrar la manera.
¿Qué información tengo?
¿Qué estoy buscando?
¿Cuál es la incógnita?
¿Qué variables importan?
¿Qué fórmula podría conectar todo esto?
Y entonces lo resolvías.
Creo que ese proceso me gustaba incluso más que llegar a la respuesta correcta.
Porque había algo increíblemente tranquilizador en mirar algo que al principio parecía complicado y pensar:
Hay una manera de resolver esto. Solo tengo que encontrarla.
Y, sin darme cuenta, creo que empecé a encarar la vida de la misma manera.
¿Algo sale mal?
Bueno.
¿Cuál es el problema real?
¿Qué sé?
¿Qué no sé?
¿Qué puedo controlar?
¿Cuáles son mis opciones?
¿Qué tengo que hacer ahora?
Resolver una cosa.
Después la siguiente.
Durante mucho tiempo, esto funcionó bastante bien.
Las matemáticas también me dieron gente
Hay otra parte de esta historia en la que no había pensado hasta esa conversación.
Las matemáticas no solo me dieron certeza.
También me dieron gente.
Cuando tenía unos diez años, cambié de escuela.
La anterior había sido más humilde y la nueva era un poco más cheta, como decimos en Argentina.
Al principio, las chicas no me incluían mucho.
Así que me juntaba con los varones.
Con el tiempo, las cosas cambiaron. Hice amigas y encontré mi lugar.
Y, a medida que crecimos, estudiar se convirtió en una de mis maneras de conectar con la gente.
Mis amigos venían a casa y yo los ayudaba con matemáticas, física o química.
Me encantaba enseñarles.
Me encantaba cuando alguien miraba un problema y decía: “No entiendo esto”, y yo podía decirle:
“Bueno. Miralo de esta manera.”
Primero estudiábamos.
Yo explicaba los ejercicios.
Resolvíamos todo.
Y recién después nos tirábamos por ahí, escuchábamos música, mirábamos películas, hablábamos pavadas y éramos adolescentes.
Mirándolo ahora, es gracioso.
Eso que al principio había amado por ser tan predecible terminó siendo una de mis maneras de conectar con seres humanos completamente impredecibles.
Y entonces la gente arruinó mi sistema perfecto
Después de la escuela empecé a estudiar Ingeniería Civil.
Lo que significaba matemáticas.
Muchas matemáticas.
Ejercicios, fórmulas y cálculos, una y otra vez.
Y lo raro era que estaba haciendo algo para lo que era buena —algo que de verdad me gustaba—, pero en algún momento recuerdo haber pensado:
La vida no puede ser solo esto.
Por esa época empezó a abrirse otra parte de mi mundo.
Me involucré en una comunidad de la iglesia y, a través de esa experiencia, empecé a conocer gente y a entrar en ambientes completamente distintos del mundo ordenado de las ecuaciones.
Visitaba gente en el hospital.
Visitaba gente en la cárcel.
Escuchaba historias.
Empecé a conocer vidas que no podían reducirse a una decisión, un error o una explicación obvia.
Y, de a poco, empecé a entender algo para lo que las matemáticas nunca me habían preparado.
Las personas no funcionan como los números.
Dos más dos son cuatro.
Pero dos personas pueden vivir circunstancias muy parecidas y convertirse en seres humanos completamente distintos.
Alguien puede tomar una decisión terrible y aun así tener una historia que valga la pena comprender.
Alguien puede saber exactamente qué debería hacer y aun así no ser capaz de hacerlo.
Alguien puede tener opciones y, al mismo tiempo, estar profundamente marcado por circunstancias que nunca eligió.
La responsabilidad puede coexistir con el contexto.
Dos cosas pueden ser ciertas a la vez.
Y a veces podés identificar todas las variables y aun así no llegar a una respuesta clara.
Esa fue una educación completamente distinta.
No todo es una ecuación
Creo que nunca dejé de ser la chica que amaba las fórmulas.
De hecho, sigue bastante presente.
Dame un problema y mi instinto sigue siendo entenderlo.
Separarlo en partes.
Encontrar el patrón.
Identificar qué se puede cambiar.
Hacer algo.
Me gustan las soluciones.
Me gusta saber qué viene después.
Y sí, todavía me encantan los números.
Hay algo profundamente reconfortante en saber que no se despiertan una mañana y deciden convertirse en otra cosa.
Pero la vida me enseñó algo que los números no podían enseñarme.
Algunos problemas necesitan soluciones.
Otros necesitan tiempo.
Algunas situaciones necesitan acción.
Otras necesitan comprensión.
A veces hay una incógnita clara esperando que la resuelvas.
Y a veces no.
A veces las personas se contradicen.
A veces las circunstancias cambian.
A veces hacés todo correctamente y aun así no obtenés el resultado que habías calculado.
Y quizás una de las partes más extrañas de crecer fue aprender a vivir dentro de esa incertidumbre sin intentar convertirla inmediatamente en una ecuación.
Porque quizás no saber no siempre sea un problema.
Quizás a veces sea, simplemente, la condición de estar vivos.
Yo sigo confiando en los números.
Dame la misma ecuación diez mil veces y me encanta saber que la respuesta no va a cambiarme de golpe.
Las personas sí.
La vida sí.
Y, aparentemente, tengo que vivir con eso.
Todavía estoy aprendiendo.
Pero quizás crecer haya sido darme cuenta de que no necesito resolver todas las incógnitas para poder estar bien.
Y ahora sigo pensando en la pregunta que mi amiga, sin querer, hizo que me planteara:
¿En qué aprendiste a apoyarte antes de tener la edad suficiente para entender por qué lo necesitabas?


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